¿Por qué hay que responder de nuevo a "qué es el cine"?

El 16 de septiembre de 2026, el Museo Nacional del Cine de China en Beijing abrió sus puertas para el Ciclo Académico sobre Creación Cinematográfica China de Alta Calidad. La primera mesa redonda, titulada "Ontología del Cine: Identidades Múltiples de Medio, Cultura y Sociedad", reunió a académicos, teóricos y creadores para abordar una pregunta que, durante décadas, parecía resuelta: ¿qué es el cine? La respuesta, en 2026, ya no puede darse por sentada.

Lo que ha desencadenado esta crisis no es una nueva corriente artística ni un cambio en los hábitos de consumo, sino una transformación tecnológica que ha demolido los cimientos sobre los que se construyó la teoría cinematográfica del siglo XX. La inteligencia artificial generativa ya no se limita a asistir al creador: genera imágenes de la nada, reconstruye rostros, inventa escenarios y produce secuencias completas a partir de una instrucción textual. La IA - Inteligencia Audiovisual ha dejado de ser una promesa para convertirse en una realidad operativa que reconfigura la naturaleza misma de la imagen en movimiento.

El punto de partida de la discusión fue inevitablemente André Bazin. El crítico francés definió el cine como un arte de lo real, un medio cuyo poder residía en su capacidad de capturar la huella de lo que existe. La cámara fotográfica, argumentaba, tenía una relación privilegiada con el mundo: registraba lo que estaba delante de ella, y esa fidelidad al referente era la fuente de su poder estético y ético. Cuando la IA puede generar cualquier imagen que imaginemos, esa relación se rompe. Ya no hay un "delante de la cámara" porque no hay cámara. Ya no hay huella de lo real porque no hay referente. La ontología del cine, tal como la entendíamos, se tambalea.


Pantalla de cine desintegrándose en fragmentos geométricos con silueta humana y palabra ontología fragmentada
Prompt de imagen: Arte abstracto con una pantalla de cine que se desintegra en miles de fragmentos geométricos. Cada fragmento contiene una imagen diferente: rostros, paisajes, texturas, movimientos. En el centro, una silueta humana sostiene una cámara antigua que proyecta un haz de luz sobre los fragmentos, intentando reconstruir una imagen coherente. La paleta combina azules profundos, blancos y destellos dorados. La palabra "ONTOLOGÍA" aparece fragmentada entre los pedazos de la pantalla, como si estuviera siendo reescrita en tiempo real. Iluminación dramática con contrastes entre la luz del proyector y la oscuridad del vacío.


Fan Zhizhong, director del Laboratorio de Imagen Futura de la Universidad de Zhejiang, fue uno de los ponentes que abordó esta cuestión con mayor crudeza. "La inteligencia artificial ya no es solo una caja de herramientas auxiliar", advirtió, "sino una variable central que remodela la ontología de la imagen, reconstruye el sujeto creador y reconstruye la estética de la industria cinematográfica". La afirmación es radical porque no se limita a describir un cambio técnico: señala un cambio en la naturaleza misma de lo que consideramos cine. Si la IA puede generar imágenes que no provienen de ningún referente real, entonces el cine ya no es necesariamente un registro de lo real. Es, cada vez más, una construcción algorítmica.

Otros participantes abordaron la cuestión desde ángulos complementarios. Ding Yaping, presidente de la Sociedad China de Estudios Cinematográficos, propuso distinguir tres niveles en la definición del cine: la obra como forma artística reconocible, el dispositivo como mecanismo que organiza la mirada, y la institución como práctica cultural socialmente reconocida. La IA afecta a los tres. En el nivel de la obra, difumina la frontera entre lo real y lo generado. En el nivel del dispositivo, transforma la experiencia de visionado al permitir intervenciones en tiempo real. En el nivel institucional, cuestiona quién tiene autoridad para definir qué es cine y qué no lo es. La pregunta "¿qué es el cine?" ya no tiene una respuesta única porque el objeto al que se refiere se ha multiplicado.

La conclusión del congreso no fue un lamento, sino una propuesta. Los participantes coincidieron en que, ante la disolución de las certezas heredadas, es necesario construir un nuevo marco conceptual. La apuesta del encuentro fue formular una ontología cinematográfica que integre la tecnología sin renunciar a lo humano. La fórmula que emergió fue "情致为本、虚实相生、大众共建": el sentimiento como fundamento, la coexistencia de lo real y lo virtual, y la construcción colectiva del significado. No es una respuesta cerrada, sino una orientación: el cine ya no puede definirse por su relación con lo real, sino por su capacidad de generar sentido compartido.


La tensión central que recorrió el congreso fue la que existe entre eficiencia técnica y alma humana. Los asistentes reconocieron que la IA puede acelerar la producción, reducir costes y abrir posibilidades expresivas antes impensables. Pero también advirtieron que la tecnología, por sí sola, no puede dar a las imágenes lo que las hace memorables: la emoción, la vulnerabilidad, la imperfección que solo un ser humano puede aportar. La conclusión fue clara: "La tecnología puede remodelar la forma de la imagen, pero solo el sentimiento humano, la preocupación ética y el juicio estético pueden darle un alma".

Fan Zhizhong fue más lejos al señalar las consecuencias laborales de esta transformación. "El desarrollo acelerado de la IA está comprimiendo gravemente el espacio de la creación humana", advirtió. "Muchos actores en Hengdian ya no encuentran trabajo". La observación conecta la reflexión ontológica con una realidad material ineludible: cuando la IA puede generar actores digitales, los actores reales pierden oportunidades. La pregunta "¿qué es el cine?" no es solo teórica; tiene consecuencias directas sobre las vidas de quienes trabajan en la industria.

La propuesta que surgió del congreso no fue una condena de la tecnología, sino una reafirmación de lo humano. La IA puede generar imágenes, pero no puede decidir qué historias merecen ser contadas. Puede imitar emociones, pero no puede sentirlas. Puede replicar estilos, pero no puede inventar los suyos propios. La ontología del cine en la era de la IA no se define por lo que la máquina puede hacer, sino por lo que el ser humano elige hacer con ella. Esa elección —estética, ética, política— es el territorio que la tecnología no puede ocupar.

La pregunta "¿qué es el cine?" ha vuelto porque la respuesta que teníamos ya no sirve. Y eso, paradójicamente, es una buena noticia. Significa que el cine sigue vivo, que sigue siendo un territorio en disputa, un objeto que se resiste a ser reducido a una definición. La IA no ha matado al cine; ha obligado a reformular qué entendemos por él. Y en esa reformulación, los creadores humanos tienen la oportunidad de reafirmar lo que siempre hizo único al cine: no su capacidad de reproducir la realidad, sino su capacidad de crear mundos que nos ayuden a entenderla.

Lee el análisis completo del congreso y las intervenciones de los participantes en el artículo de The Paper: https://m.thepaper.cn/detail/34095987

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